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    Sábado, 17 de Marzo, 2018 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador-Iberoamérica

    (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)

    DE ISRAEL: SU JURAMENTO A ISAAC ES SU VOLUNTAD HOY: ENRIQUECERTE, SI OBEDECES:

    Nuestro Padre celestial le dijo a Israel, si tú oyes mi voz y guardas mis Diez
    Mandamientos, entonces tú serás mi especial tesoro entre todas las naciones, porque el mundo entero me pertenece a mí, para siempre. Éstas eran palabras muy importante
    para nuestro Padre celestial de tener no solamente a Israel aceptándolas pero al mismo tiempo obedeciéndolas diligentemente, porque Él había hecho que ellos naciesen entre las naciones antiguas del infierno con el Juramento a Isaac, para que Él
    pueda redimirlas, destruyendo cada pecado con los poderes de su verdad absoluta
    y santísima, para siempre.

    A tiempo, nuestro Padre celestial ya había establecido un convenio de vida con
    Abraham cuando Él se sentó a comer del pan y vino que es servido por su Hijo Jesucristo en el cielo para los ángeles, manteniéndolos progresivamente santos: para que
    ellos amen, sirvan y glorifiquen a su santo nombre fuego con Santidad purísima
    siempre toda una eternidad. Evidentemente, ya que nuestro Padre celestial comió con Abraham el pan y vino de su Hijo Jesucristo, conocido generalmente como Melquisedec, Rey
    de Salem (Jerusalén antigua) y la Santidad de Dios, entonces, su Hijo amado con su doctrina sana podía nacer por el vientre estéril de su esposa Sarah, por el Espíritu Santo, estableciendo así sobre la tierra su amor apasionado.

    Visto que, nuestro Padre celestial necesitaba trasladar su amor único, conocido en el cielo no solamente por su Hijo Jesucristo y por su Espíritu Santo pero igualmente por cada ángel, creado por los poderes de su santo nombre y por su palabra viva: só
    lo para amar, servir y alabarlo a Él una eternidad entera sobre su altar enriquecedor de su amor prehistórico. Sin embargo, mientras nuestro Padre celestial siempre ha gozado la presencia asombrosa de su Hijo Jesucristo y de su Espíritu Santo junto
    con cada ángel creado para ellos amarle, servirle y alabarle a Él y a su santo nombre fuego sobre su altar del amor prehistórico, entonces, Lucifer, el
    arcángel, sintió toda la grandeza maravillosa de ser amado, servido y adorado
    soberanamente.

    Que de pronto Lucifer como el arcángel (ángel guardián del santo nombre fuego) entonces él quería experimentar toda la gloria asombrosa en su corazón y en todo su ser angelical, porque podía sentir el poder asombroso de
    amor, gozo, felicidad y
    exaltación que nuestro Padre celestial gozaba con su Hijo Jesucristo, con su Espíritu Santo y con sus ángeles: alabándolo constantemente. Éste sentir de
    grandeza en su corazón hizo que Lucifer empezara a pensar en maneras en que podía ser como
    Dios es amado, glorioso, poderoso e infinito, por el constante amor, servicio y
    alabanza de su Hijo Jesucristo, el Espíritu Santo y las huestes angelicales transmitido en su corazón santísimo y en todo su ser glorioso: asombrosos niveles de perfecta
    santidad eterna.

    Éste sentir de desear ser nuestro Padre celestial, su Hijo Jesucristo y su Espíritu Santo experimentando perfecta santidad por medio del amor, servicio y
    alabanza de las huestes angelicales de incontables millares en la eternidad, es
    el nivel de gloria
    que Lucifer quería experimentar: por ende, el pecado nació en su corazón malvado, destruyéndose a sí mismo y los ángeles siguiéndole ciegamente. Aquí es cuando, Lucifer se convirtió en Satanás, adversario de Dios, porque él pensó que podía
    tomar el santo nombre fuego de nuestro Padre celestial que siempre ha estado sobre el altar del amor prehistórico del cielo, como su voluntad personal para
    que los ángeles le amen, sirvan y glorifiquen siempre toda una eternidad, y así conquistar
    nuevas glorias en toda la Creación.

    Entonces al Satanás tratar de tomar control del santo nombre fuego del padre celestial, inmediatamente él tenía que derrotar a su Hijo Jesucristo y al Espíritu Santo, y esta fue una tarea imposible para él cumplir, porque ambos son uno con nuestro
    Padre celestial en amor, gracia, misericordia, verdad, justicia divina y en vida eterna, por consiguiente son uno, unidos eternamente. Aquí es cuando, Satanás descubrió no solamente que nuestro Padre celestial junto con su Hijo Jesucristo y el Espí
    ritu Santo es inseparable, porque ellos siempre han sido uno, unidos en vida eterna, y así también con sus hijos por nacer en días venideros de la eternidad: y estos son los hijos de Abraham que vendrán a ser su especial tesoro mundialmente, siempre.

    Ya que, nuestro Padre celestial tenía en mente no solamente de tener a sus hijos nacidos de Adán y Eva como los primeros humanos en el paraíso, nacidos así perfectos y santos como Él mismo con su Hijo Jesucristo y con su Espíritu Santo eternamente
    para ser uno en unidad igualmente con su santo nombre, clavado a ellos con amor
    paterno, infinitamente. Por ende, Lucifer junto con sus ángeles del cielo jamás pudo ser permitido que tomen el santo nombre fuego de nuestro Padre celestial así como lo
    hicieron inicialmente: porque su santo nombre está no solamente para mantener la unión de su familia divina del cielo, intacta, creciente y gloriosa, pero igualmente sus hijos por nacer en generaciones futuras de toda la tierra.

    Es decir, también que Lucifer como Satanás que intentó de tomar el santo nombre fuego de nuestro Padre celestial que solamente está reservado para su familia divina en el cielo, que es su Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo, entonces para ser luego
    entregado legítimamente a sus hijos nacidos de Adán y Eva, si sólo no hubiesen pecado como lo hicieron inicialmente. Dado que, nuestro Padre celestial le ordenó a Adán y Eva que jamás coman del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal,
    porque comiendo de él, cesarían de vivir en su amor paterno que bendice su corazón santísimo y palabra viva para que su gracia, misericordia, verdad y justicia divina los sigan a ellos y a sus hijos siempre.

    Por ende, al Adán y Eva comer finalmente del fruto prohibido, entonces ellos fueron engañados por las mentiras de Lucifer por medio de la serpiente, enviada a Eva para engañar a Adán igualmente, para que el hombre coma del fruto que Eva había comido
    de mano de la serpiente, para que sus hijos mueran sin conocer jamás el amor del Padre celestial. Puesto que, Adán y Eva estaban supuestos a comer solamente del árbol de la vida, que es su Hijo Jesucristo, sirviendo del pan y
    vino para que los á
    ngeles se mantengan amorosos, santos, perfectos y gloriosos, sirviendo y alabando a nuestro Padre celestial y a su santo nombre fuego sobre su altar del
    amor prehistórico, para que nuevas glorias sean conquistadas, perpetuamente.

    Sin embargo, desde que Adán y Eva pecaron, porque ambos fallaron en oír y obedecer la voz de nuestro Padre celestial cuando se les dijo que jamás podían comer del fruto prohibido, entonces ellos mismos se separaron no solamente de su voz santísima
    pero igualmente de su amor paternal y vida eterna, que estaban supuestos a gozar, viviendo con su santo nombre, siempre. Visto que, es el santo nombre fuego de nuestro Padre celestial que mantiene su familia divina unida en todo el reino angelical, pero
    para que esto suceda con Adán y Eva junto con sus hijos por nacer en generaciones futuras, entonces tenían que comer del árbol de la vida: en donde su santo nombre fuego vive en perfecta santidad en la eternidad.

    Por ende, al comer del fruto prohibido que se les prohibió acercarse a él ni jamás comer de él, entonces ellos no solamente no habían desobedecido a la voz de nuestro Padre celestial pero igualmente a su amor paternal, porque comiendo del fruto
    prohibido, entonces ya no podían comer del árbol de la vida, que es la semejanza de su Hijo Jesucristo. Aquí es cuando, nuestro Padre celestial hizo juicio en contra no solamente de Adán y Eva, porque fallaron en oír y en obedecer su voz, y asimismo
    con sus hijos que en vez de nacer en el paraíso entonces ahora tenían que nacer en la tierra: porque debían todos morir en el fruto prohibido, para vivir nuevamente en el fruto de vida.

    Es decir, también que Adán y Eva descendieron a la tierra porque ellos tenían que regresar al polvo de donde nuestro Padre celestial había tomado un
    puñado de él, cubriendo las almas vivientes de Adán y Eva junto con sus hijos que emergieron de su
    imagen y de su alma santísima, para ser seres humanos sobre toda la tierra, hacia la eternidad. Ahora, habiendo nuestro Padre celestial transportado a Adán y Eva a la tierra, porque ellos tenían que vivir en el polvo que iba a recibir sus cuerpos
    muertos en los últimos días, pero igualmente para que sus hijos nazcan y así
    morir postreramente como sus padres para regresar al polvo, de donde salieron inicialmente, complaciendo así toda verdad y justicia divina, perpetuamente.

    Visto que, nuestro Padre celestial necesitaba satisfacer toda verdad y toda justicia divina con cada uno de ellos al hacer que no solamente mueran, para que sus cuerpos regresen al polvo de la tierra, después de fallecidos, pero igualmente hacer que
    regresen a Él, pero llenos de vida eterna, es decir, si han comido fielmente del árbol de la vida. Dado que, nuestro Padre celestial tiene que haber tenido
    ya establecido no solamente su amor paternal cuando Isaac nació del vientre estéril de Sarah,
    por el Espíritu Santo, pero igualmente Él tenía que haber tenido ya establecida su roca de salvación llevando su santo nombre sobre el árbol de vida, y así todos coman finalmente del pan y vino para salvación eterna.

    Además, para que esto suceda entonces nuestro Padre celestial tenía que haber
    tenido ya su santo nombre fuego, clavado al madero del árbol de vida, que es su Hijo nacido de Sarah, por el Espíritu Santo, dándole vida a Isaac y luego a Jacobo y sus
    hijos para convertirlos en el árbol que lleva su santo nombre sobre su altar antiguo, eternamente. Éste es el altar del amor prehistórico que nuestro Padre celestial necesitaba establecer eternamente sobre la tierra de Canaán con su santo nombre
    fuego descendiendo del reino angelical, como cuando su Hijo Jesucristo rompió la virginidad de la hija de David, salpicando la sangre de nuestro Padre celestial y llena con vida eterna abundante para cada alma viviente, para que se salven perpetuamente.

    Entonces ya que su Hijo Jesucristo nació de la hija de David, salpicando la sangre de nuestro Padre celestial requerida que sea salpicada sobre Canaán, inmediatamente fue para que su santo nombre fuego descendiese a su altar antiguo para ser clavado al
    madero, salpicando nuevamente la sangre bendita, llena de vida eterna que su Hijo Jesucristo vivió para destruir a la muerte. Puesto que, nuestro Padre celestial necesitaba destruir cada obra de Satanás ejecutada en toda la casa de Israel con la ayuda
    de sus ángeles caídos, para que Él limpie a cada hombre, mujer, niño y niña de todo efecto del pecado, maldiciones, pobreza, enfermedades, y la muerte terrible del Valle de los huesos secos, para que todos regresen a sus hogares pronto.

    Visto que, ésta es la voluntad de siempre de nuestro Padre celestial para con cada israelita, que regrese pronto al hogar de los suyos, que son los hijos nacidos incontables como las estrellas del cielo, que vivirán todos juntos con
    sus familias
    individuales: pero bautizados todos ellos con los poderes asombrosos del Juramento a Isaac, su voluntad perfecta y eternal, esta vez. En vista de que, su santo nombre fuego ha sido clavado al madero del Israel antiguo, que descendió al Valle de los
    huesos secos junto con sus hijos fallecidos en tierras lejanas igualmente, entonces su nombre con su Hijo Jesucristo derramando de su sangre paternal y llena de vida eterna únicamente conocerán las glorias de su Juramento a Isaac
    una eternidad entera.

    Es decir, también que cada hombre, mujer, niño y niña de las doce tribus de Israel ascendieron del Valle de los huesos secos en el Tercer Día, por los poderes asombrosos del Juramento a Isaac, porque nuestro Señor Jesucristo nació en Belén de
    Judea, cumpliendo con los mandamientos y la vida eterna, resucitando así maravillosamente a todo Israel en los últimos días. En otras palabras, los días vienen cuando toda la casa de Israel finalmente pisara tierra firme en Canaán, porque esto es
    algo que ellos fallaron en hacer inicialmente al rebelarse en contra de Moisés
    y el Ángel del SEÑOR por el desierto hacia la tierra prometida, dado que creyeron y aceptaron un becerro de oro, enfureciendo a nuestro Padre celestial grandemente.

    Por ende, ahora con nuestro Señor Jesucristo clavado al Israel antiguo con las
    victorias conquistadas en toda la tierra de Canaán y sus hogares individuales juntos con sus amados liberados por los grandes poderes de la gracia, misericordia, verdad y
    justicia divina de nuestro Padre celestial, entonces ellos pueden regresar a su
    tierra natal para vivir con sus hijos eternamente felices, siempre. Porque cuando nuestro Señor Jesucristo fue clavado al madero sobre el monte santo de Jerusalén entonces
    su sangre reparadora fue derramada hasta su última gota ante la presencia del santo nombre fuego, entregándoles así sus poderes asombrosos de gracia, misericordia, verdad y de justicia divina para enriquecer sus vidas aunque hayan sido huesos secos
    eternamente, en el Valle de los huesos secos.

    Por ello, cuando Israel antiguo recibió a su Hijo Jesucristo como su perfecta voluntad que necesitaba ser clavada a ellos con las victorias conquistadas en contra de Satanás, sus ángeles caídos y el ángel de la muerte, entonces ellos volvieron a la
    vida nuevamente victoriosos, y esta vez perpetuamente: porque finalmente comieron del pan y vino que el Padre comió con Abraham. Esto significa que cada uno del Israel antiguo yaciendo en el Valle de los huesos secos regresó a
    la vida nuevamente para
    ascender en el Tercer Día a ver al SEÑOR, entonces fue hecho milagrosamente todo: porque ellos comieron y bebieron del pan y vino por fin, servido diariamente por su Hijo Jesucristo a los ángeles, manteniéndoles así llenos de perfecta santidad,
    continuamente.


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